PISA 2025: lo que los datos cuentan (y lo que no)
La OCDE acaba de publicar el peor resultado en lectura y matemáticas de su historia. Lo miro con la cabeza fría y escribo lo que pienso, que es más de lo que esperaba.
Cada tres años la OCDE publica un informe que nadie quiere leer en agosto y todo el mundo comenta en septiembre. Esta vez no ha sido distinto: el PISA 2025 salió el 8 de septiembre y los titulares se repitieron hasta el hartazgo. Mínimos históricos en lectura y matemáticas, máximos en preocupación.

Pero debajo del ruido hay cosas que merece la pena mirar con calma. Sobre todo si, como yo, te pasas la vida diseñando programas de formación y decidiendo dónde poner tecnología — y dónde no.
Los números que importan
760 000 alumnos, 91 países, 33 millones de jóvenes representados. La media OCDE ha caído 28 puntos en lectura desde 2015 — más de un año escolar perdido — y 22 en matemáticas. Ciencia aguanta mejor, con un descenso modesto de 7 puntos en una década.
Lo que más me pesa no es la media, es la cola: uno de cada cinco estudiantes de la OCDE es hoy low performer en las tres materias. En 2022 era uno de cada seis. Si añadimos a los alumnos que PISA no cubre, la cifra sube al 29 %. No hablamos de cálculo diferencial. Hablamos de no entender una factura, de no comparar precios en el súper, de perderse en un texto sencillo. Tras nueve o diez años de escolarización. En países ricos.
Mi lectura de las causas
Lo que me convence del informe es que no culpa a la pandemia. Dice que el declive empezó antes y se ha acelerado. Si tuviera que dibujarlo en una pizarra, lo resumiría en cuatro movimientos.
Pantallas. Llevamos una década diciendo que la tecnología iba a democratizar el aprendizaje y los datos empiezan a decir lo contrario: más pantalla, menos lectura por placer, menos capacidad de sostener la atención. Los países con mayores caídas en lectura son también los que más han reducido la lectura por disfrute. Correlación, no causalidad — pero la coincidencia es demasiado limpia para ignorarla.
Lectura en fuga. PISA acuña un término que me parece perfecto: hasty reading. Entre 2018 y 2025 se ha casi duplicado el porcentaje de alumnos que responde rápido y mal. Les cuesta integrar información de varias fuentes, quedarse con un texto diez minutos. Lo veo en mis propios equipos, así que no me extraña verlo en datos de 91 países.
Distracción consentida. El 28 % de los alumnos dice que sus compañeros se distraen con el móvil en la mayoría o todas las clases. Esto ya no es un problema del alumno: es un problema del sistema que lo permite.
Pedagogía ausente. Los sistemas que suspenden son los que no han enseñado explícitamente a evaluar información digital ni a usar la IA con criterio. No han prohibido la herramienta — han dejado a los alumnos solos frente a ella.
La paradoja de la IA (y por qué me toca de cerca)
PISA 2025 introduce por primera vez un módulo sobre IA generativa. El dato más repetido: los alumnos que más rinden son los que menos usan chatbots. Quienes los usan para resumir, investigar o redactar sacan, de media, 20 puntos menos. Un año de escolarización.
Pero el titular esconde algo más interesante. Entre los alumnos que sí usan IA, los que reciben formación explícita para evaluar la calidad de la respuesta rinden mejor. Y los usuarios moderados — una o dos veces por semana, con propósito claro — rinden parecido a los no usuarios.
Esto encaja con lo que llevo viendo un año y medio en proyectos reales: la IA no es buena ni mala por naturaleza. Es buena cuando protege el esfuerzo cognitivo, y mala cuando lo sustituye. Un andamio que se quita cuando el edificio está en pie, no uno que sostiene al alumno para siempre.
Me preocupa especialmente la brecha que viene. Los alumnos socioeconómicamente aventajados tienen más oportunidades de aprender a evaluar la IA críticamente. Sin intervención, vamos a abrir una nueva línea de desigualdad — más difícil de cerrar que la anterior.
Lo que funciona, según los datos
En los sistemas que mejor resisten — Singapur, China, Japón, Corea, Estonia, Reino Unido — se repiten tres patrones: currículo estrecho y profundo, docentes formados en pedagogía digital y un propósito claro para cada tecnología. PISA dibuja una curva en U: el rendimiento sube con el uso digital hasta unas cinco horas al día; a partir de ahí baja.
Y una sorpresa del nuevo módulo de resolución computacional: el 64 % de los alumnos OCDE llega al nivel competente, pero solo la mitad combina eso con competencia básica en ciencias, lectura y matemáticas. Las dos cosas a la vez, o nada. Manejar una herramienta sin entender los fundamentos no es competencia, es surface fluency.
Lo que yo saco de todo esto
Trabajo con equipos y dirijo portfolios de transformación. Tres ideas que no son de manual.
La herramienta no sustituye al método. Meter ChatGPT en un programa sin repensar la evaluación es decorar el fracaso. La pregunta no es qué IA usamos, sino qué tarea cognitiva estamos protegiendo. Si la respuesta es “ninguna”, la IA sobra.
La distracción se diseña, no se predica. Si el 28 % se distrae en clase, el problema es del diseño. Sesiones sin pantalla, espacios diferenciados, políticas claras — no recomendaciones tibias.
La equidad va por delante del acceso. Llevamos años hablando de brecha digital como si fuera cuestión de dispositivos. PISA 2025 dice que la próxima brecha es de criterio: saber preguntar, contrastar, detectar cuándo la IA se equivoca. Eso no se instala con una tablet.
Y para no caer en el derrotismo: Catar, Brunéi, Camboya, Filipinas y Zambia subieron en lectura entre 2018 y 2025. Partían de abajo. Pero subieron. Lo que cambia no es la geografía ni la genética — es la política educativa. La caída no es ley de gravedad. Es decisión.
Las ideas que no se someten a examen no son ideas: son costumbres. Y un buen PISA, leído sin prisa, sigue siendo uno de los pocos exámenes que nos hacemos como sociedad sobre lo que de verdad importa.